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sábado, 24 de mayo de 2014

OIDO COCHINA votar o no votar



Póngame una España deconstruida. Ésa que está de oferta. Ésa que anuncian en televisión.
Hace como cuatro años que no me la venden, y la verdad que jamás lo eché de menos, pero
dice mi abogado que no es recomendable hacer dieta de democracia. Así que aquí estoy de
nuevo, engordando de mentira cochina y volviendo a hacer ver que mi voto sirve para algo.
Que no sabe cómo prepararla. No se preocupe, yo le índico. Para empezar, quiero que me
disuelva las Cortes y se prepare para calentarme el tarro a fuego lento durante mes y medio.
Durante ese tiempo, tenga listo cada día a primerísima hora un titular bien fresquito, me lo
mete en el horno de la boca de cualquier portavoz, me lo machaca en los medios a todas
horas y a esperar a que surjan las reacciones. Como ya sabe, la calidad de la materia prima
lo es todo. Cuanta más enjundia contenga la barbaridad que se vomite, de mayor calado y
envergadura será el circo de las consecuencias. Si quiere darle un toque especial, échele de
tanto en tanto un ex presidente meando fuera de tiesto, que siempre da sabor. Olvídese de
las declaraciones con mucha trascendencia o calidad, todas suelen caducar a las
veinticuatro horas, por lo que tendrá que procurar que no se le corte la mala leche, para que
el desaguisado llegue en su punto óptimo al paladar de las urnas. Ni muy hecho, ni muy
tierno. Conviene irlo macerando además en alguna espuma baladí, como los vídeos de un
candidato, la longitud de su barba, o el perfume de su partido, para luego subir la
temperatura poco a poco, y pasar a los ingredientes más clásicos que imprimirán carácter y
personalidad a la propuesta, a saber, la vivienda, el paro, la inmigración, las pensiones, los
impuestos, la economía, el terrorismo, el debate nacionalista, la Iglesia, la familia o las
infraestructuras. Y recuerde, un ingrediente, un voto. Me lo hierve todo en una olla bien
grande tipo palacio de los deportes de algún pueblo del extrarradio, con miles de militantes
haciendo chup chup mientras aplauden cualquier idea de España con los ojos en blanco, y
me lo deja ahí las dos semanas que dure la campaña. Durante ese tiempo, sólo tendrá que
ocuparse de cambiar de tanto en tanto de ciudad y de que, en el punto de su ebullición
televisiva, siempre aparezcan detrás del candidato el mismo número de hombres que de
mujeres ?no vayan a pensar que somos machistas?, el mismo de jóvenes que de ancianos ?
no vayan a tildarnos de anticuados?, el mismo de sonrientes que cariacontecidos ?no vayan
a creer que estamos satisfechos. Eso, y un eslogan ni muy ni demasiado, me explico, ni
muy largo ni demasiado corto, ni muy genérico ni demasiado concreto, ni muy triunfalista
ni demasiado realista, ni muy inteligente ni demasiado aprehensible, ni muy ni demasiado,
cono ya me entiende. Cuando lo tenga listo, lo debate todo en televisión, y me lo sirve en
forma de programa electoral con las promesas aparte, separadas entre las que jamás se
podrán cumplir y las que fue- ron mentidas desde un principio, a ver si esta vez las puedo
diferenciar. Para terminar, nada de alcohol por favor, no vaya a ser que nuestros políticos
logren en un día aquello que siempre intentan y jamás consiguen durante el resto del año.
Llamar la abstención, digo, la atención.

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