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viernes, 20 de marzo de 2020

HASTA LA CORONA DE VIRUS.







Resulta que ahora, dicen los titulares, hemos descubierto gracias al coronavirus que el ser humano solo puede sobrevivir gracias a la ayuda colectiva. Pero yo me pregunto, ¿lo descubrimos con la pandemia del sida en los años 80 y 90? Pues ya os digo yo que no, porque eso era cosa de maricones, de putas y drogadictos. ¿Aprendimos algo con la epidemia de Ébola en 2016? Qué va, eso era para negros y para los que se metían en países que no debían. ¿Salimos a los balcones a aplaudir por los afectados de la crisis económica de 2008? ¿Para qué? Eso era asunto de pobres. No nos engañemos, hemos descubierto la colectividad solo porque esta enfermedad ha golpeado de lleno a la crème de la crème de Occidente -todo eran risas cuando causaba estragos en China, ¿verdad?-. Y, precisamente, por la democratización del virus hemos visto como cae el rico, el blanco, el hetero y el de la derechita cobarde. Así que, de pronto, nos hemos visto amenazados y, de forma automática, se han puesto en marcha todos los mecanismos para salvaguardarnos. Así que hemos descubierto esa supuesta colectividad solo porque somos una enorme cabeza neoliberal que se mueve al unísono y, si se toca uno de sus componentes, se derrumba la pirámide entera. No, hijos míos, esto no es solidaridad colectiva. Es miedo. Sí, la verdad sea dicha: nos hemos unido porque estamos cagados. Porque con esto no solo pueden morir negros, maricones, inmigrantes o pobres. Y porque, en realidad, nunca pensábamos que esto nos tocaría a nosotros, punta de la pirámide del privilegio. Hemos creado esta cadena de unión internacional porque encima de todo no hay ningún colectivo al que culpabilizar y, ante la falta de cabezas de turco, nos hacemos arrumacos psicológicos y nos consolarnos unos a otros con resignación sin poder echar mierda por la boca. Lo único que me gustaría es que esta crisis nos sirva para hacernos reflexionar, y no solo para montar festivales musicales en los balcones, tan necesarios para no darnos tiempo a pensar. Si esto puede servir para algo, que sea para que, cuando salgamos de esta, dejemos de hacer burda ostentación de nuestros privilegios occidentales y miremos un poquito más hacia los márgenes
 

QUE SE JODAN LOS VIEJOS.¿NO?

Los abuelos, nuestros abuelos, están avergonzando a la sociedad, no menos de cuanto la sociedad se había avergonzado de ellos, aislados en sus residencias e incómodos para una opinión pública que se esconde de la decadencia, de las arrugas y de la muerte.
La epidemia castiga a nuestros ancianos. Los aniquila, pero la sociedad que los arrincona parecía dispuesta a convertirlos en el precio razonable del coronavirus. Era el criterio mitad darwinista, mitad eugenésico que manejaba el imbécil de Boris Johnson. La enfermedad los castigaba a ellos. Se cebaba con su fragilidad y con sus años. Y se había instalado un criterio cínico y despiadado: no pasa nada, esta es una enfermedad de viejos y de abuelos. Que se jodan los viejos, ¿no?
 Proliferan ahora las residencias convertidas en morgues. Y nos acongoja hasta qué punto hemos convertido a nuestros ancianos en un estorbo a la expectativa de la plenitud y la inmortalidad. Lo decía Stalin: una muerte es una tragedia, muchas muertes son una estadística.
 Y una estadística han sido nuestros abuelos, nuestros viejos, en las primeras semanas de la pandemia. Pensábamos que su mortalidad era la garantía de nuestra salvación. Al menos hasta que nos hemos percatado de la perversión discriminatoria. Mueren nuestros viejos en sus residencias. Y tenemos aislados a los abuelos en sus casas. Porque forman parte de la población sensible. Tiene gracia el adjetivo: sensible. Y no hemos hecho otra cosa que insensibilizarnos. Carne vieja y putrefacta. Que se jodan los viejos, ¿no?
 Quizá la epidemia sirva para desengañarnos del infantilismo y de las proezas prometeicas que discriminan la sociedad en las categorías de aptos e inaptos. Los viejos deberían ser nuestra clase senatorial, nuestra comunidad de sabios, pero los hemos arrinconado en el desolladero de los humanos que molestan y nos recuerdan la finitud. Y los hemos alejado de la manada, como hacen los elefantes con los paquidermos que agonizan.
 Nos interesan muy poco nuestros ancianos. Crecen las vocaciones de los cirujanos plásticos al tiempo que disminuyen las vocaciones de los geriatras, pero a la ciencia, como a la religión, le interesa el secreto de la inmortalidad, de forma que la prolongación de la vida por todos los medios y de todas las maneras convierte la agonía del paciente en un experimento mefistofélico. Se trata de conservar el hálito. Y de conectar al moribundo a un rosario, a un respirador o a una máquina. Los viejos nos importan un pito hasta que se convierten en materia experimental. A los viejos los aceptamos solo cuando no parecen viejos. Cuando suben el Everest. Cuando tienen la dentadura blanca. Cuando corren el maratón de Nueva York. O cuando tienen una amante de 20 años. Y prometen que son capaces de mantener el tipo en la cama.

Se ha instalado la 'efebocracia'. Y se ha impuesto una degradación de la experiencia. La juventud es un derecho natural. La vejez representa el tránsito al cementerio, aunque ya se ocupa la sociedad de ocultarse también la muerte. Los tanatorios parecen hoteles.
Un viejo tiene que dejar de ser un viejo para que lo toleremos. Berlusconi se ha obstinado en demostrarlo, pero estremece la escena de la película de Sorrentino en la que una chiquilla le objeta las razones para acostarse con él: "Es que usted huele a viejo".
No es país para viejos. Sus únicos caminos de supervivencia, con excepción de los hogares que los cuidan y los quieren, consiste en convertirse en cobayas de la ciencia. O en hibernar en una residencia hasta que un virus ponga la corona sobre su lecho.
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