Mi dulce día de navidad empezaría
mucho antes de que lo dictase El Corte Inglés. Mi dulce
día de navidad no moriría en el 26.
En mi dulce día de navidad no importaría si rezas o das
con el mazo, si eres inmigrante o
internacional, si posees más preguntas que respuestas o si
por el contrario profesas cualquier
tipo de fe. Nadie compraría nada para mi dulce día de
navidad. Los únicos regalos serían
pedazos de vida envueltos en retales del diario más
personal. Sólo se anunciarían
juguetes que no necesitan pilas, los escaparates cambiarían
sus vitrinas por espejos y las
calles estarían constantemente iluminadas por medias sonrisas
de complicidad. En mi dulce día de
navidad, el del turrón no vuelve a casa, porque ha
montado su primera fiesta del
orgullo gay. En su lugar, la madre abraza con igual fruición
al calvo de la lotería, que vuelve
a soplar su purpurina barata sobre la caspa de los que aún
tienen algo de pelo, mientras todas
las burbujitas pierden tres puntos en el control de
alcoholemia montado por sorpresa a
la salida de su plato. Todos los villancicos están
cantados por The Traveling
Wil-burys, los diálogos de la pescadería son cuidadosamente
super- visados por Aaron Sorkin y,
al final del día, todos disfrutamos del delicioso
polvorón, palabra que ha adoptado
por fin un significado mucho más saludable y carnal.
Para mi dulce día de navidad hay
que ir preparado, pues el marisco es dietético, muy barato
y cada comida produce el mismo placer
que un banquete, pero con los efectos secundarios
de una sesión de gimnasio. En vez
de aperitivo, calentamiento, y en vez de empacho,
agujetas. Nadie se quiere perder ni
una reunión familiar, todos acudimos con ganas sinceras
de vernos, y jamás aprovechamos la
ocasión para recriminarnos nada. El rey anuncia en su
mensaje anual que los políticos han
prometido no dar por culo nunca más, y que existe una
proposición no de ley para
preocuparse de verdad por los problemas de la gente de la calle,
les cueste lo que les cueste.
Añade, para terminar, que eso de la crisis fue una inocentada
que se les fue de las manos, que el
planeta ha dejado de sufrir, que en realidad Bush, Aznar,
Zapatero y McCain son superdotados
y que ya se acabó la broma. Acto seguido,
retransmiten en directo un /Gran
Hermano Especial Sobre Barro /en el que da la casualidad
de que han encerrado a todas las ex
que más te jodieron, y las dejan a pan y agua hasta la
víspera de año nuevo, escena que
contemplas mientras te fumas las hojas de un curioso
árbol que no necesita ni bolitas ni
decoración. Y a todo esto, Papá Noel, que se niega a
cambiar la Play por el Yoga, el
Actimel por el Danacol y su cervecita de importación a
media mañana por una sin. Total,
nadie se construye chimeneas en la sala de estar, y los
que lo hacen, no es que se mueran
precisamente por su visita. En fin. Que mi dulce día de
navidad, lo mismo no es muy
probable, pero tampoco lo fue en su día todo lo que nos está
ocurriendo y hay que ver lo que
sobrevivimos. Por eso, si no es mucho pedir, si no es
mucho esperar, algo parecido a esto
es lo que me gustaría que me regalasen en mi dulce día
de navidad. También me vale un CD.









