En esta vida ciega de muerte,
muda de riesgo y sorda de palabras inconvenientes, nuestro
pasado hace mutis por el foro
mientras babeamos idiotizados por sus majestades los Rayos
Catódicos, Plasma y LCD. En esta
economía de la insatisfacción, nos quejamos de lo poco
que tenemos y lo muchísimo que
desearíamos tener, pero rara vez contamos a partir de lo
que hemos tenido y dejado atrás.
Algo falla cuando siempre queremos más, y nunca de lo
mismo. Algo yerra cuando nos
vamos despidiendo de todo y de todos, quizás sin darnos
cuenta de que hoy somos lo que
somos porque algún día tuvimos lo que tuvimos. Una
educación, unos padres, una
novia, un segundo de felicidad. Todo eso que estuvo y ya no
está, pero que de algún modo
sigue ahí. Todo aquello que hoy pesa sobre nuestra piel de
gallinas cada vez que se disfraza
de recuerdo y se tiñe de color basta. Aun así, o quizás por
eso mismo, yo cada vez creo más
en las despedidas, los hasta luego, los nunca más. Y
cuanto más dolorosos e intensos,
mejor. Porque nos acercan a lo que en algún momento ha
sido real, porque nos empapan de
algunas gotas de lucidez. Porque nos han hecho ser,
crecer, reír, llorar y creer
?sobre todo creer? en algo que ni salió ni saldrá jamás en las
noticias. Y de esas cosas, las
que no salen por la tele, están hechas las vidas de todos los
días. El resto, como explicaron
Beigbeder, Baudrillard o Debord mucho mejor que yo, es
sólo vivir esa gran mentira que
nos han vendido con el nombre mágico de futuro, mientras
nos roban, extorsionan, alquilan,
comercian, trafican y explotan nuestro presente. Si te fijas,
el gran tabú ya no es el sexo,
que se consume en abierto, en gerundio y es imposible de
ahorrar, sino la enfermedad y la
muerte, que se pueden prorratear, ingresar, ocultar y
delegar en manos de «seguros», no
vaya a ser que si las vemos tan de cerca como realmente
están, nos planteen incómodas e
inconvenientes preguntas sobre qué estamos haciendo con
nuestro ahora. Interesa que
pensemos en futuro, que es donde habitan todos los miedos,
porque los pánicos del mañana son
gasto para hoy. Interesa que gastemos dinero antes que
tiempo, porque aún no existen los
sueldos en minutos de vida (todo llega). E interesa, sobre
todo, doparse de expectativas. La
expectativa de encontrar pareja ideal en sólo hora y media
de película, la de dar con el
trabajo de tu vida cada jueves en tu quiosco, la de alcanzar tu
destino por veinte euros ida y
vuelta, la de aprender inglés sin ningún esfuerzo, la de hacer
feliz a tu familia en treinta y
seis cómodos plazos, la de dejar de fumar sin apenas quererlo,
la de lucir un tipito como ése
por 29,90. Expectativas inoculadas a través de la aguja
hipodérmica del «nuevo»,
disueltas en el suero de un «no lo piense más». Como si lo
hubiésemos pensado en algún
momento, como si nos lo hubiesen dejado pensar. El
resultado, ahí está cada primero
de mes, millones de fábricas individuales de obsolescencia
con sus monederos llenos de nada,
dispuestos a dar crédito a otro remedio, otra vida, otro
más allá. Sólo hasta agotar la
existencia. Sólo hasta fin de mes.

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