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lunes, 28 de julio de 2014

CERRADO POR VACACIONES.

Lástima que terminó el festival de hoy, pronto volveremos con más diversiones. Si no has podido evitar cantarlo mientras lo leías, enhorabuena porque a estas alturas la vida ya te habrá enseñado lo que es una estría, el ácido fólico y una colonoscopia.
El caso es que yo también me voy de vacaciones y dejo de dar por un tiempo la vara en esta mi amadísima página. Sí, ya sé que preferirías que siguiera encadenado al ordenador mientras tú disfrutas de tu tan merecido descanso.
Pero uno también tiene una vida. O algo así. Y también necesita descansar. O algo parecido.
Estoy hablando de despertarte cuando sea y no cuando toque. Obligarte a no abrir los ojos hasta que te lo exija el cuerpo o la vejiga. Quedarte soñando hasta que salgan los créditos. Y utilizar las ganas como único despertador. Salir de la cama como quien se quita un yeso. Liberado y torpe, arrugado y sin ninguna flexibilidad. Desayunar antes de meterte en la ducha, y no al revés.
Vestirte con lo mínimo indispensable para evitar rozaduras. Salir a la calle y olvidarte el reloj. O el móvil. Y a veces, hasta la cartera. Sentarte en un sitio simplemente porque hace una sombra que no se puede aguantar. Tratar de adivinar el día de la semana que debe de ser hoy. Leerte un periódico de cabo a rabo y darte cuenta en la última página que es el de hace dos días. Comprarte el de hoy y tampoco hallar tantas diferencias.
Empezar por fin ese libro que tanto te apetecía leer. Y acabar dejándolo a medias por falta de tiempo. En vacaciones, sí. Ya. Vale. Acabarte otro libro y no estar muy seguro de si en algún momento lo llegaste a empezar. Releerte a Murakami de pe a pa.
Bajarte a la playa. Buscar tu lugar en el mundo en ese patchwork toallero cosido por una delgadísima costura de arena fina, la cual sólo remonta el vuelo en cuanto ve posibilidades de colarse por cualquiera de tus orificios.
Tumbarte de un lado. Contar minuciosamente los minutos para darte la vuelta y permanecer el mismo tiempo del otro. Desarrollar de memoria y sin ayuda externa una tesis doctoral sobre la sofisticada ciencia del moreno uniforme aplicado a un corpúsculo blanco nuclear. Versión 2014. Ahora con más arrugas. Y más pecas. Ojo con ese lunar. Me vigilas la toalla, que me remojo y vuelvo. Este calor no hay quien lo sude. Que me vuelvo al bar.
Quedar para comer con unos amigos. Que lleguen todos tarde y que a todo el mundo le dé igual. Se habrá quedado siempre por aproximación. Tanto en el espacio como en el tiempo. Así seguro que nadie se equivoca. Porque esa es otra máxima del descanso. No hay nada que exigir, porque no ha habido nunca mayor exigencia. Ya nada importa porque todo lo que queda es lo importante.
Alargar la sobremesa. Empalmarla con una cena. O con dos. Levantarse de la mesa a la luz de la luna. Dedicarle a ella esos cuantos kilos de más. Pasar por casa sólo para quitarse la arena. Y volver a salir hasta que no haya más que vivir por hoy. Jamás irte a dormir por lo que vaya a pasar mañana. Sino por lo que ya no vaya a pasarte hoy.
Amar la vida. Pensar, divagar, filosofar. Arreglar el mundo varias veces antes de perder el hilo de lo que se estaba diciendo. Y mientras tanto, atender religiosa y puntualmente a las cuatro F: follar, follar, follar y follar.
En definitiva, cambiar de rutina. Estrenar nuevos modos de aburrirse. Llegar a echar de menos todo aquello que el resto del año te acabó hartando. Y eso sí, un año más, como siempre, odiar la playa. Todavía más.
Y así volver en septiembre.
O quizá no.”

jueves, 24 de julio de 2014

INSTRUCCIONES PARA UN TENEMOS QUE HABLAR

Ante todo, muchísimas gracias por haber elegido a tu pareja como principal objetivo de tu cabreo, tiempo libre y mala leche. En tu entorno sentimental se trabaja sin descanso día y noche para darte la mejor asistencia en lo que a peleas públicas y privadas se refiere. Esperamos que disfrutes de tu discusión.
Antes de batiros en duelo, será mejor que compruebes que ambos tenéis las pilas bien descargadas. Los momentos de máximo agotamiento suelen ser más propicios para que la discusión brille en todo su esplendor. Si aún os queda algo de energía, mejor esperad a que se os vacíe del todo, así como que lo notaréis más. Una dura jornada de trabajo, algún hijo con ganas de liarla, una mudanza, testigos incómodos o una visita inesperada de algún familiar a última hora del día suelen ser factores que aceleran el proceso.
Piensa que tu pareja te adora y por lo tanto querrá lo mejor para ti, incluso si se trata de discusiones intentará seleccionar sólo las mejores, las más intensas y memorables, y siempre por tu bien.
El inicio de la pelea deberá ser insignificante. Recuerda, el motivo no lo es todo, y no hay nada como discutir por nada. Cuanto más irrelevante el punto de partida, mayor la creatividad de vuestros argumentos. Y si no hay motivo, mejor que mejor, porque siempre hay un tono. Si no es el qué, será el cómo. «No me hables así», «odio cuando pones esa voz» y frases similares constituyen un excelente principio del fin. Suelta dos o tres bien espaciadas y siéntate a esperar.
Una vez prendida la mecha, hay que saber rodearla de explosivos. Los que mejor funcionan ya están estudiados, no vale la pena innovar. El silencio administrativo actúa en estos casos como puro TNT. A medio camino entre la indiferencia y la indolencia, saber callar para cabrear al otro es infalible en el fino y delicado arte de la demolición de parejas consolidadas. Ah pero te da todo igual. Ya veo ya. No me escuchas. Si es que el problema es que no me escuchas.
Después hay que saber colocar la metralla, tan importante como fácil de identificar. Suelen ser frases que empiezan por «Tú siempre» y «Tú nunca». Componentes fundamentales para invalidar y paralizar al otro haciéndole desistir ante cualquier posibilidad de cambio, mejora o rectificación. Además, como todo el mundo sabe, en callejones dialécticos sin salida, todo como que retumba mucho más.
A la hora de planificar daños colaterales, ten en cuenta que la detonación más descontrolada es la que arranca en vuestro pasado. Tira de hemeroteca, saca titulares de contexto y comprueba en pocos segundos cómo el remolque de los reproches no se detiene ni aunque alguien pise el freno de la reconciliación. Como el pasado siempre durará más que el presente y encima no se puede cambiar, eso no habrá ya quien lo arregle.
Por último, si ves que algún momento decae la intensidad de la deflagración, acuérdate de los terceros. Vecinos, familiares, tertulianos, gente que pasaba por ahí. En el mejor momento de la discusión siempre es útil hacerle ver a tu pareja que la opinión de cualquier otro siempre es más importante que la suya. Eso suele acabar con toda posibilidad de paz, por pequeña que sea.
A lo largo del proceso, es muy importante que mantengáis en mente que, según un informe publicado por The Times of India, la pareja media discute 2.455 veces al año, es decir, unas siete  veces al día. Y vosotros no vais a ser menos. Ah, ¿que ya habéis discutido hoy? ¿Sí? Pues venga, que os quedan otras 6.
Al final, sea como sea, intenta evitar por todos los medios ponerte en el lugar del otro, tratar de entender por qué te dice lo que te dice y colocar sus palabras en su contexto y circunstancias actuales. Recuerda, el único mecanismo a evitar es contar hasta 10 antes de intervenir y la única palabra prohibida es perdón.
Si seguís estos sencillos consejos y practicáis todos los días, os garantizamos una vida llena de emociones fuertes, poquísimas oportunidades de aburriros y algún que otro polvo de reconciliación.
Ahora bien, si en algún momento veis que las discusiones os duran cada vez menos y pierden intensidad, dejad enseguida la relación. Eso sólo puede significar dos cosas.
O bien ya os da todo igual.
O bien os habéis empezado a querer de verdad.

INSTRUCCIONES PARA DAR UN ABRAZO

Cualquiera puede estrecharte entre sus brazos. No hay que ser muy listo, ni muy fuerte, ni muy sabio, ni muy nada. Alguien va, abre sus brazos de par en par y te envuelve de carne y huesos. Y qué. El pavo relleno hace lo mismo y conozco a poca gente ansiosa por meterse dentro.

Desde que encima hay desconocidos que los dan gratis por la calle, el valor del abrazo ha caído en picado. Y la verdad es que no me extraña. Puede que algunos abrazos no cuesten dinero, pero lo que sí tienen en común todos los abrazos mal dados es que siempre, a la no tan larga, salen muy caros.

Quizá por eso ninguno de los intentos que he podido leer por ahí, tratando de descifrar la aparéntemente sencilla liturgia del acto de abrazarse, me ha ayudado demasiado. Quizás por ello vaya a ser yo el próximo en naufragar.

El abrazo viene a ser a las relaciones humanas lo que el cargador al teléfono móvil. Mejor que nunca te lo dejes en casa, no sea que lo acabes suplicando a a las tres de la mañana ante cualquier recepción de hotel.

Para dar un abrazo en condiciones, en primer lugar, hay que haberlo extrañado mucho, hay que haberlo extrañado bien. Los que no tuvieron tiempo de despedirse saben perféctamente de lo que estoy hablando. Los que nunca se atrevieron a pedirlo, también.

Su significado es siempre el mismo, bajo cualquier circunstancia, en cualquier país, de cualquier lengua, credo o tradición, y parte de la segunda condición fundamental para dar uno como dios manda. Necesitas lo que significa. Y significa, en esencia, que no estás solo.

A partir de aquí los requisitos se van complicando. Y es que todo depende de tener algo muy fuerte en común. Algo que, de pronto y sin haberlo previsto, sintáis los dos con la misma intensidad. Se trata de un momento, de un solo instante. El tiempo justo para que ese algo tan real y tan verídico no pueda dibujarse con palabras.

No se si me explico. Pero si eso ocurre, todo cambia. Desde ese momento, abrazarse ya es otra cosa. Estáis atrapando verdades. Una cacería de instantes. Un compresor de realidad. Enzarzarse en las ganas del otro y apretar hasta que se extingan.

Me fascinan los abrazos bien dados. Creo que resultan aún más memorables que cualquier palabra, gesto o relación. La única forma física conocida que tiene el ser humano de parar el tiempo. El único punto y seguido entre todo lo que se puede llegar a sentir.

No se muy bien por qué hoy me ha dado por hablar de esto. Supongo que porque creo que andamos muy faltos de abrazos reales. O quizás porque a más de uno, hoy le vendría muy bien.

El caso es que, lamentáblemente, a los abrazos les pasa como a los besos, las caricias, los matrimonios, o las patadas en los huevos.

Si no los consumas a tiempo, acaban todos caducando.

lunes, 14 de julio de 2014

EL HOMBRE CON EL PIJAMA DE RAYAS.

Esta foto fue tomada el 5 Junio de 1945 por un soldado del ejército de los US en la ocupación alemana. En ella podemos ver a un prisionero de un campo de concentración identificando a un guardia de las SS.
Observen ambas figuras: el prisionero ­-judío probablemente-­ apunta con el dedo, y también con los ojos, a un criminal que no es capaz de sostenerle la mirada; a un cobarde que, seguramente, días antes y con una pistola en mano, no habría dudado en pegarle un tiro en la cabeza.
Viendo este tipo de fotos resulta incomprensible que, setenta años después, ese mismo judío que apunta con el dedo a su asesino, sea capaz ahora de coger una pistola -­quien dice una pistola, dice un tanque o un bombardero-­ y apuntar masivamente a otras víctimas, pongamos que ciudadanos palestinos. Quizás con la intención de eliminar a alguno tan asesino como el guardia de la foto, sin duda, pero sin importarle lo más mínimo el resto de civiles. Eso tiene un nombre, y justamente ellos deberían saberlo: exterminio.
Es curioso que este tipo de barbaridades las cometa un pueblo que se denomina a sí mismo el elegido de dios. El problema es que dioses hay a patadas, tenemos ése que quemaba brujas en la hoguera, el que anima a ser suicidas o el que permitió que su pueblo fuera asesinado para convertirlo ahora en asesino; elijan ustedes a su favorito.
Si uno se fija en la foto, distinguirá a una persona vestida totalmente de negro que está mirando hacia la pared ­en realidad hacia otro lado­, como desentendiéndose de todo lo que está ocurriendo a su espalda. Ese tipo, hoy en día, podría ser un representante de la ONU o el propio Obama.
La imagen está sacada de la Wikipedia y es de dominio público, la guerra en Gaza también.

martes, 8 de julio de 2014

NO LLORES POR MI ARGENTINA


Corrientes, tres cuatro ocho, Segundo piso ascensor, dices que no hay portero, y hay paz, o ausencia de vecinos, adentro el coctel molotov. No hace mucho que te fuiste y hoy en Madrid una halo de tristeza asoma por mi ventana, La más trival,la ,más tanguera, La que cierra los postigos de tus ojos morochos, y dejaba entrar el viento que te recomponía la melena de rulos de diosa.
Entra el viento tanguero, y entra con toda su contundencia y estoy por cerrar a cal y canto, para evitar mal mayor que el último fin de daño causo estragos en la mesa de una recepcionista cualquiera, dé un locutorio cualquiera, dé cualquier rincón ,de cualquier planeta, tanto daño como los encargados de desregularizar, la para compasión ciudadana. Abnegándoles la libertad de expresión, perdón quería decir de decisión. Porque si no me da risa, qué no, que va, qué se queda, que trastoque, suavecito y que no despeine.
Y un buen día de invierno, como todo lo que jode enfriando la realidad, decidiste que subirías a un punto de ti misma, donde solo sobrevuelen los que tengan mucha plata, para poder llegar a ese rio Parana, con la excusa echa oficial de volver a verte. Inconscientes de que ni reptando se podría llegar a ese destino, porque no estaba fuera, estaba dentro de nosotros y lo que es más ni el cielo seria su límite, ni el mar, ni la tierra.
Y poniendo mar de por medio, la que tenía ganas de volar solo dejo detrás de si algún desastre, unos platos de ikea que no pudo facturar y un corazón que hoy aquí, la extraña, y decidió volar, al lugar donde residen las milanesas y los choripanes ,con la sensación del libertango mas sabinero a recomponer una isla de miel, aquellas ruinas circulares que una vez ,no hace tanto tiempo un  día decidió dejar ,sabiendo que el tiempo lo cura todo, y que volverías a encontrarlo todo en el punto donde lo dejaste y que tal vez con un poco de ganas, Fe ,y actitud lo volverías a recomponer en el día de tu bandera, La patria era un lazo, una excusa, y al fin y al cabo un desahogo…
Pero que ingenuo fui al dejarte partir sin decirme, que me harías falta ,consciente de que la generosidad es eso, nosotros que de eso sabemos tanto los dos, identifique que no me tenía que doler y sin saber cómo ,ni cuando, aprendí que estar quebrado no era el infierno del Dante, ni un currículo brillante la lámpara de Aladino, que mi diosa de fuego y risas, en la distancia también me acompañaba, y descubrí que en la ausencia el amor no se acababa solo porque dejáramos de vernos.
Por eso hoy a ti, qué te lo montas en los suburbios de la melancolía, quiero gritarte alto, para llegar a ese punto donde un día te subiste, que tengo alas propias, que te sobrevuelo con el derecho de pernada que nuestro lazo construyo, qué el mar es solo una gota, un trámite, un instante ya hasta un precio que no es tan caro que pagar si nos devuelve la risa. Que andamos bien desde aquí.
Que una suave risa me invade el interior cuando recuerdo tu nombre, y te hago, y te sé feliz entre los tuyos, que a veces te cuesta, pero que sé que fue lo mejor, que no habrá nada igual pa vos, que con el tiempo las ruinas ya empiezan a levantar pared y que desde aquí que te lo vemos, bajito de soslayo, solo podemos decir…
NO LLORES POR MI ARGENTINA.
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lunes, 7 de julio de 2014

HOY TENGO GAMAS DE TI

“Una relación jamás se rompe. Como mucho, uno de los dos, cualquier día, constata el roto. Pero la relación ya venía rota para entonces.
Pudo romperse en un gesto, en una decisión o en una epidemia de decepción que te dejó al amor en cuarentena, en algo en un principio imperceptible e inocuo pero que a la larga acabó dejando sin aire a quien creía tener aliento para sobrevivirse a los dos. O también pudo romperse durante un proceso, lo que dura el descubrimiento de lo que creías ya conocer, y sin embargo te das cuenta de que no. Un día descubres que el claroscuro no es sólo una técnica sino una manera de entender el alma, y ese día ya te es imposible estar enamorado sin dejar de buscar la razón para dejar de estarlo.
Lo que sí te deja cualquier relación son más colores en tu paleta de sentimientos, son muchas más capas en ese cuadro emocional al que llamamos vida. Un cuadro que, como en aquel de Van Gogh en el que fue descubierta una escena de lucha bajo un bodegón, se ha ido pintando encima una y otra vez, enterrando al que un día lo llenó todo y que ahora aún está ahí, aunque ya no se pueda ni se deba estudiar. Porque lo seco que hay debajo igual no te gusta. Porque lo fresco que hay encima igual no te acaba de encajar.
Quien lo pinta no es consciente de lo que tapa. O quizás sí. Al caso, es lo mismo. De manera consciente o inconsciente, ese alguien tarde o temprano descubre que el color ya no aplica directamente sobre el lienzo blanco e inmaculado, con lo que ya la pintura no agarrará igual, pues ya nunca más volverá a ser un color sin impurezas, con lo que necesitará aplicar más cantidad para conseguir el mismo efecto, o como mucho, similar.
 verá que, sin salirse del marco, debe saberte ocupar. Eso sí que acaba siendo todo un arte. Inundarte sin que te llegue a ahogar. Esparcirse sin llegarse a dispersar. Dejarlo todo amado y bien amado.
Y uno va acumulando gamas. Y desarrollando matices. Y acumulando bocetos. Y trazos por esbozar. Sea cual sea tu estado siempre habrá un momento en cualquier relación en el que te preguntes y qué pinto yo aquí. Y ahí es donde te empiezas a barnizar.
Un día echas de menos los tonos cálidos. Ver una peli refugiado en otra piel, alimentarte sólo de palomitas y sexo y dejar que llueva sobre el resto del mundo mientras ruge el fuego en esa chimenea que jamás tendrás.
Otro día te descubres anhelando colores fríos. Borrarlo todo, comprar nuevo lienzo, tener una nueva película que poder estrenar. Empezar de Cero, como canta Dani Martín, que más que un tema ha compuesto un himno generacional.
Y en cualquiera de los dos casos, lo que sí vas descubriendo lámina a lámina son nuevas gamas de grises. La única que jamás deja de crecer. La duda como único credo creíble. La única religión basada en la curiosidad.
Y antes de acabar el cuadro, volver a estampar tu firma y exponerte, ya sea en un museo, o en una galería comercial, no hay que olvidarse nunca del título, dejar patente ante cualquier marchante las palabras que mejor describan esta obra de arte con brocha gruesa que configura tu historial sentimental. puedes
titularlo con algo que suene a canción de Miguel Gallardo, novela de Moccia y peli de Mario Casas.
O puedes optar por un título más realista, cotidiano y vulgar.
Recién pintado.”