A qué esperas. Sí, tú, no leas hacia otra
parte. Mírame a las letras, que te estoy escribiendo a ti. Hoy me
apetece cogerte por las solapas y sacudirte hasta despeinarte las cejas.
Que a qué esperas, digo. Que igual no te has dado cuenta, pero desde
que naces se te va la vida. Que igual no te has parado a pensar, que ya
estamos en tiempo de descuento. Que el día menos pensado, alguien o algo
nos dice que ya está. Que un día te vas, coño, que ese día podría ser
ya.
A qué esperas. Tu miedo te está ganando
la partida. Cada segundo que dejas pasar sin hacerle frente, es un
minipunto que sube a su marcador. Y la remontada se hace cada vez más
difícil. Y aquí no hay prórrogas, ni tanda de penaltis, ni ná de ná.
Recién acaba de empezar el partido y tú ya te estás metiendo goles en
propia puerta. Y aún así me dirás que pretendes empatar.
Que a qué esperas, te digo. Y aún te vas a
creer que esto no va contigo. Nadie va a venir a buscarte. Nadie vendrá
a sacarte de este letargo existencial al que llamas espera. Esperar
para qué. Esperar hasta cuándo. O hasta quién. Nadie está pendiente de
quien no tiene nada que hacer ni mucho menos de quien no demuestra que
quiere hacerlo. La espera sólo va a hacerte más viejo, más agotado,
menos ágil y más lejos de lo que realmente quieres, que te recuerdo que
se mueve, que avanza, se va.
No me digas que vendrán tiempos mejores.
El mejor momento para hacer las cosas es ahora. No porque ahora sea
mucho mejor que antes o después. Es porque es el único momento que
realmente tienes. Lo demás es mentira. Lo demás vete tú a saber si
volverá. Que no, que no te estoy diciendo que aproveches el tiempo, sino
que dejes ya de esperar. Ni carpe diem ni leches. Que espabiles. Que
venga, va.
Esperar es decirle a tu vida que en
realidad te van a sobrar días. Que ya se los podrían haber dado a otro.
Porque tú no los piensas usar. Menudo desperdicio. Menuda decepción.
Anda, aparta y deja sitio para los que vienen detrás. Porque jamás has
estado solo, porque tú y tu generación tenéis sólo una ventana de
oportunidad. Y por cierto, una edad. Estamos todos en una carrera de
fondo a ritmo de sprint final: si no consigues que te persigan, te
adelantarán.
Que pase un tiempo prudencial, pensarás.
Malas noticias, la prudencia ha muerto. La inmediatez es el nuevo estado
de las cosas. La experiencia ya no es un grado, sino una cuenta atrás.
Que la vida ocurre en directo, darling. Lo que llega tarde ya nadie lo
escucha, ya ha pasado, ya no está. Y lo que no esté ocurriendo ahora es
falso hasta que no se demuestre lo contrario. Y cuando se demuestre,
será en otro ahora, será en otro ya.
Con los años, además, te das cuenta de
que la espontaneidad es lo único creíble, lo único real. Fíate sólo de
lo que ocurra de forma espontánea y natural. De la gente que siempre
dice lo que piensa, que suele ser la que no se para demasiado a pensar
cómo te lo dirá. Hazlo o vivirás siempre colgado de un artificio. Hazlo o
jamás volverás a escuchar ninguna verdad.
Lo preparado es siempre fruto de alguna
estrategia. O lo que es lo mismo, una conspiración. Y yo ya estoy cada
vez más harto de conspirar. Creo en la gente que va de frente por la
vida, la que no necesita estratagemas para triunfar. Si me quieres así,
me adorarás. Y si no, eso es que nunca me has querido, ni me querrás.
Por eso, te agarro hoy por las ganas y te
digo que a qué esperas. Por eso te ruego que esto no lo leas como una
amenaza. Que lo leas como un subidón vital. El que me da cada vez que me
digo tira millas. El que siento cada vez que veo la suerte echada, que
es lo mismo que ponerla a descansar. Porque ya no dependes de ella,
porque ya no la esperas, porque ya te vas.
A qué esperas. Dímelo porque cada vez estoy más convencido de estas dos frases que he dejado para el final.
Morir es dejar la vida en espera.
Vivir es decidir que la vas a buscar.
