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domingo, 19 de abril de 2020

TOCA JODERSE

Toca joderse.
Leyendo cantidad de despropositos varios por las redes,del tipo la vida seguira en cuanto nos desconfinen,a ti mortal insolidario te voy a replantear,un punto de vista que ,quizas no te has parado a pensar,con el tiempo que has tenido,perdiendolo solo en echar de menos cosas como las fiestas de tu pueblo,las fallas y un largo etc de despropositos que evidentemente poco dicen de ti,amen que acabo de leer un articulo donde se plantea volver a abrir las discotecas.
poco te importa la vida si despues de 20000 muertos ,aun te quedan ganas de fiesta,si aun te apetece pensar en mascletas y en fallas,poco te importa ,por que sigues aferrado al negocio y al dinero.
Despues del desconfinamiento,la vida nos va a cambiar y por lo menos en un par de años creo que vamos a tener un buen margen para plantearnos la vida de otra manera.los negocios de ocio y restauracion tendremos que reinventarnos de alguna manera,pero estpoy seguro que con ingenio lo haremos ,todo lo demas quedara postpuesto para cuando sea,mientras tocara joderse.
Tocara pensar en que gastar nuestro dinero,ya no en macrofirestas y salvajadas varias,a lo mejor tocara desordenar nuestros principios,empezar a ir a comprar a los pequeños negocios,que tambien han estado ahi y no te han subido los precios aprovechando la situacion,como la inmensa mayoria de las grandes superficies si te han hecho,mientras tu jugabas a the walkin dead,en gallumbos comiendo chetos.
Tocara a lo mejor dejar ese viajazo,para con el mismo presupuesto gastartelo en tu barrio,y sentarte a tomar unas cañas con ese vecino ,que tan bien te ha caido ,mientras salias a aplaudir,unas cañas de cercania y solidarias,sin monopolizar una terraza que ,lo mas probable,ya no tenga esa capacidad para albergar 50 culos y ahora solo ,pueda por sentido comun
sentar a 20,eso si siempre pensando en que si te vas a apalancar tres horas,privando a mucha gente la posibilidad de estar ahi tan a gustito,por lo menos dejate los cuartos pensando que tu bar favorito esa noche facture el 50 por cien menos de lo habitual,si,por que si no te has parado a pensar,te lo digo yo, con gente asi,poca ganancia.
Tocara pensar de que manera reinvertimos nuestro tiempo y nuestra generosidad,cuando vayamos de copas,a un local reducido al 50 por cien de su aforo,si estas, consume,si no ,deja sitio para otro que si lo haga,se solidario,y piensa que al final de la noche,tu barman tenfdra que cobrar para seguir viviendo,mejor no creo,pero evitale que sea peor,y asi con todo ayudar de una forma consecuente y de verdad.
Sera la unica manera de que sobrevivamos todos,para cuando todo pase de verdad,y vuelvan las macrolocuras,podamos volver a una normalidad,pero todos juntos,no con el 90 x cien de locales pequeños,cerrados o desaparecidos,y ahi empireza nuestra labor de rescate,la cercana,la que de verdad hara bien,asi que este año toca joderse,y dejar de pensar en festivalones,conciertos y megaviajes para hacernos el selfie de moda y toca hacer turismo en tu barrio,y en tu mercado,por que ellos no te han subido los precios,y por que de nosotros depende que el mundo a la vuelta sea ,el que conociamos.
Dejemos de mirar nuestros egoismos infantiles,y vayamos por la vereda del sentido comun y la generosidad.
que no va a pasar nada por que un año,no hayan fallas,ni madalena,ni fib,ni orgullo,ni un millon de cosas mas,lo importante es que tus negocios colindantes pequeñitos sobrevivan.
Asi que mortal de mierda,aprende con esta situacion,que a veces cuando uno deja de mirar hacia arriba,descubre lo que tiene al lado.https://scontent-mad1-1.xx.fbcdn.net/v/t1.0-9/62233424_644346646081153_6809615925629681664_n.jpg?_nc_cat=107&_nc_sid=8024bb&_nc_ohc=tshgpePfK-gAX9pjSyv&_nc_ht=scontent-mad1-1.xx&oh=6d324e0a51c4a103034ccf9d730fa600&oe=5EC32D38&dl=1

viernes, 20 de marzo de 2020

HASTA LA CORONA DE VIRUS.







Resulta que ahora, dicen los titulares, hemos descubierto gracias al coronavirus que el ser humano solo puede sobrevivir gracias a la ayuda colectiva. Pero yo me pregunto, ¿lo descubrimos con la pandemia del sida en los años 80 y 90? Pues ya os digo yo que no, porque eso era cosa de maricones, de putas y drogadictos. ¿Aprendimos algo con la epidemia de Ébola en 2016? Qué va, eso era para negros y para los que se metían en países que no debían. ¿Salimos a los balcones a aplaudir por los afectados de la crisis económica de 2008? ¿Para qué? Eso era asunto de pobres. No nos engañemos, hemos descubierto la colectividad solo porque esta enfermedad ha golpeado de lleno a la crème de la crème de Occidente -todo eran risas cuando causaba estragos en China, ¿verdad?-. Y, precisamente, por la democratización del virus hemos visto como cae el rico, el blanco, el hetero y el de la derechita cobarde. Así que, de pronto, nos hemos visto amenazados y, de forma automática, se han puesto en marcha todos los mecanismos para salvaguardarnos. Así que hemos descubierto esa supuesta colectividad solo porque somos una enorme cabeza neoliberal que se mueve al unísono y, si se toca uno de sus componentes, se derrumba la pirámide entera. No, hijos míos, esto no es solidaridad colectiva. Es miedo. Sí, la verdad sea dicha: nos hemos unido porque estamos cagados. Porque con esto no solo pueden morir negros, maricones, inmigrantes o pobres. Y porque, en realidad, nunca pensábamos que esto nos tocaría a nosotros, punta de la pirámide del privilegio. Hemos creado esta cadena de unión internacional porque encima de todo no hay ningún colectivo al que culpabilizar y, ante la falta de cabezas de turco, nos hacemos arrumacos psicológicos y nos consolarnos unos a otros con resignación sin poder echar mierda por la boca. Lo único que me gustaría es que esta crisis nos sirva para hacernos reflexionar, y no solo para montar festivales musicales en los balcones, tan necesarios para no darnos tiempo a pensar. Si esto puede servir para algo, que sea para que, cuando salgamos de esta, dejemos de hacer burda ostentación de nuestros privilegios occidentales y miremos un poquito más hacia los márgenes
 

QUE SE JODAN LOS VIEJOS.¿NO?

Los abuelos, nuestros abuelos, están avergonzando a la sociedad, no menos de cuanto la sociedad se había avergonzado de ellos, aislados en sus residencias e incómodos para una opinión pública que se esconde de la decadencia, de las arrugas y de la muerte.
La epidemia castiga a nuestros ancianos. Los aniquila, pero la sociedad que los arrincona parecía dispuesta a convertirlos en el precio razonable del coronavirus. Era el criterio mitad darwinista, mitad eugenésico que manejaba el imbécil de Boris Johnson. La enfermedad los castigaba a ellos. Se cebaba con su fragilidad y con sus años. Y se había instalado un criterio cínico y despiadado: no pasa nada, esta es una enfermedad de viejos y de abuelos. Que se jodan los viejos, ¿no?
 Proliferan ahora las residencias convertidas en morgues. Y nos acongoja hasta qué punto hemos convertido a nuestros ancianos en un estorbo a la expectativa de la plenitud y la inmortalidad. Lo decía Stalin: una muerte es una tragedia, muchas muertes son una estadística.
 Y una estadística han sido nuestros abuelos, nuestros viejos, en las primeras semanas de la pandemia. Pensábamos que su mortalidad era la garantía de nuestra salvación. Al menos hasta que nos hemos percatado de la perversión discriminatoria. Mueren nuestros viejos en sus residencias. Y tenemos aislados a los abuelos en sus casas. Porque forman parte de la población sensible. Tiene gracia el adjetivo: sensible. Y no hemos hecho otra cosa que insensibilizarnos. Carne vieja y putrefacta. Que se jodan los viejos, ¿no?
 Quizá la epidemia sirva para desengañarnos del infantilismo y de las proezas prometeicas que discriminan la sociedad en las categorías de aptos e inaptos. Los viejos deberían ser nuestra clase senatorial, nuestra comunidad de sabios, pero los hemos arrinconado en el desolladero de los humanos que molestan y nos recuerdan la finitud. Y los hemos alejado de la manada, como hacen los elefantes con los paquidermos que agonizan.
 Nos interesan muy poco nuestros ancianos. Crecen las vocaciones de los cirujanos plásticos al tiempo que disminuyen las vocaciones de los geriatras, pero a la ciencia, como a la religión, le interesa el secreto de la inmortalidad, de forma que la prolongación de la vida por todos los medios y de todas las maneras convierte la agonía del paciente en un experimento mefistofélico. Se trata de conservar el hálito. Y de conectar al moribundo a un rosario, a un respirador o a una máquina. Los viejos nos importan un pito hasta que se convierten en materia experimental. A los viejos los aceptamos solo cuando no parecen viejos. Cuando suben el Everest. Cuando tienen la dentadura blanca. Cuando corren el maratón de Nueva York. O cuando tienen una amante de 20 años. Y prometen que son capaces de mantener el tipo en la cama.

Se ha instalado la 'efebocracia'. Y se ha impuesto una degradación de la experiencia. La juventud es un derecho natural. La vejez representa el tránsito al cementerio, aunque ya se ocupa la sociedad de ocultarse también la muerte. Los tanatorios parecen hoteles.
Un viejo tiene que dejar de ser un viejo para que lo toleremos. Berlusconi se ha obstinado en demostrarlo, pero estremece la escena de la película de Sorrentino en la que una chiquilla le objeta las razones para acostarse con él: "Es que usted huele a viejo".
No es país para viejos. Sus únicos caminos de supervivencia, con excepción de los hogares que los cuidan y los quieren, consiste en convertirse en cobayas de la ciencia. O en hibernar en una residencia hasta que un virus ponga la corona sobre su lecho.
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sábado, 15 de abril de 2017

ME PUEDE

“Me puede. Me puede la vida. La tuya, la mía y la que me das. Porque a ti de eso te sobra y decides regalármela día a día. Porque sí. Por qué no. Porque yo aún no sé lo que te doy a cambio, ni si eso que te doy es algo que tú tomas, más que algo que yo ni sabía que te podía aportar. Porque puede que me estés pudiendo también en generosidad.
Me pierde. Me pierde tu risa, tu manera de descolocarme, tu estrategia sin táctica, tu espontaneidad. Me pierdes tú. Me pierde que me busques. Me pierde que me hayas encontrado. Y todavía más, me pierde que yo te haya sabido conquistar. Con lo que eso cuesta, con lo que eso vale. Que hayas decidido dejarte ver. Quedarte aquí. Me pierde, sí, me pierde perderme así.
Me pueden. Me pueden tus ojos cada vez que me enfocan en medio de tanta oscuridad. Porque los tuyos no sólo ven, también tocan. Y hay que ver cómo tocan, madre de dios. Tocado y hundido. Veo veo. Qué tocas. Por qué tocas. Adiós Leo Romaní. Hasta siempre. Chimpún.
Me pueden los labios esos entre los que se acomoda tu boca. Me pueden abiertos, y sobre todo me puede el espectáculo de ver cómo se disponen a hablar. Estoy por pedir palomitas y algo de beber y sentarme a disfrutar. Me puede lo que eres, pero sobre todo, lo que puedes llegar a ser. Me pierde el argumento de esa novela autobiográfica que los dos sabemos que algún día publicarás. Me pierde tu inmenso potencial.
Me pierde. Me pierde pensar que algún día pueda llegar a perderte. Salir de ti. Morirme de frío bajo un sol abrasador. Tener que soltarme y caerme de ti. Seguramente muy por debajo, muy a mi pesar. Desengancharme de todo lo que me ha hecho volver a estar enganchado. Desaprender este lenguaje lleno de cosas tontas que sólo entendemos tú y yo. Abrir mi vida por la página del día después. Y comprobar que ya estaba escrita. Y volver a tachar. Que no es lo mismo que ponerse a olvidar. Porque sigues conviviendo para siempre con otro borrón sin cuenta nueva. Porque en tu caso no sería uno. Serían más.
Me parte. Me parte tu ausencia cada vez que te marcho o me marchas, da igual. Porque siempre te llevas algo así como mi cuarto y mitad. Me estás dejando en los huesos para hacer caldo. Y no estoy hablando de sexo. O bueno, sí. Qué coño. Y una polla. Todo al rojo y todo al negro. No va más. Hala, a volver a empezar.
Porque es que de verdad que me parto. Me parto con tus ocurrencias. Con tu “què vol dir això?”. Con tu forma de decir “cosita”. Con la manera que tienes de arrugar el entrecejo, cerrar los ojos y chistar. Me río y me haces entender que nada ni nadie es tan importante si tú y yo estamos bien. La risa es el orgasmo de las palabras. Y la envidia, una disfunción eréctil intelectual. Que eso, que me siento mucho mejor persona desde que tú estás. Que aún flipo de lo bien que te has hecho cargo y encargo de mi felicidad. Que tienes la cualidad de saber siempre dónde tienes que estar. Y desaparecer cuando notas que necesito echarte de menos. Ahí es ná.
Por ello, y porque me superas ya en casi todas las cosas, te quería decir que me puedes, sin más. Que esto siempre será eterno aunque jamás sepamos lo que puede llegar a durar. Y que aquí me tienes, rendido y entregado para hacer lo mejor que saben hacer dos que se quieren de verdad. Callar bocas a todos los que aseguraban que aguantaríamos dos telediarios, cuando ya han pasado más de seiscientos. Felicitarte públicamente por cumplir esos locos y maravillosos 20 años, sin vergüenza ni temor alguno por el qué dirán.
Qué sabrán ellos sobre lo nuestro. Qué sabrán.”

martes, 2 de agosto de 2016

Mejor así. Mejor ahora.

Mejor así. Mejor ahora. Me decepcionas de esta manera tan burda, tan torpe, tan estúpida y tan poco elegante y te llevas así mi confianza rota, no la pasees por ningún sitio que nadie te la sabrá reparar. Aunque, sinceramente, prefiero que sea de esta forma. Prefiero que sea hoy, ya.
A la confianza le ocurre como a las horas o a cualquier tipo de inocencia, son valiosas sólo porque una vez perdidas ya nunca jamás se pueden recuperar. Y la decepción, bueno la decepción no es más que un plato que te deja tibio, pues no se sirve ni frío ni caliente. Es sólo el aperitivo que no estaba en la carta, se sirve siempre a los postres, y es el único que nadie pidió degustar.
Mejor así. Mejor ahora. Porque hacerlo más tarde habría sido peor. Porque a cada día que pasaba, yo te iba apreciando un poquito más. Porque te lo habría dado todo a cambio de nada, aunque eso ya no tenga sentido, porque nadie lo podrá comprobar. Porque el cariño que te he tenido hoy me duele deshacerlo como quien deshace un nudo tan apretado que uno se deja las uñas intentándolo desanudar. Algún día esta cuerda volverá a estar a punto para nuevos nudos, espero que pronto, no te preocupes que ya. Pero insisto, es mejor así, es mejor ahora. Mañana te habría querido algo mejor todavía, mañana me habría dolido algo más.
Mejor así. Mejor ahora. Hazme un último favor, si es que todavía puedo pedirte algo. Jamás digas que fuimos amigos. Un amigo no hace lo que has decidido hacernos a ti y a mí. Un amigo no desprecia lo que teníamos a cambio de sea lo que sea que hayas decidido llevarte. Di mejor que sabes disfrazar cualquier cosa de amistad. Di mejor que me engañaste durante demasiado tiempo. Explica que eres todo un artista en el difícil arte del engaño a largo plazo. Y cuenta también, si quieres, todo lo que sabes de mí y que sólo a ti te confié. Más no me vas a poder decepcionar. Ni que te empeñes, da igual.
A partir de ahora, eres sólo un error, un borrón, una muesca más en mi vida. Qué le vamos a hacer, vivir es equivocarse para, algún día, acertar. Otra persona que me hizo feliz durante un tiempo, aunque fuera a través de la lente distorsionada de burdas farsas. Burda la comedia y tonto yo, de nuevo, por tragármela. Como dijo el sabio, la primera vez que me engañaste fue culpa tuya. La segunda, si se llegase a dar, sería mía, sólo mía y de nadie más.
Por eso mejor así, mejor ahora. Una nueva ocasión que me da la vida para replantear —o confirmar— mis expectativas. La gente que nunca jamás se decepciona es aquella que no espera nada del prójimo.
Pero yo me niego a vivir con la confianza mutilada. Porque alguien sin expectativas es alguien con un futuro enfermo terminal. Así que volverán a engañarme, seguramente, pero será gente distinta. Pero no por ello voy a dejar de confiar. Y no lo haré por lo que tú has hecho, qué va. Lo haré por esa gente que aún me responde dándolo todo. Por esa gente que no mira primero qué hay de lo suyo. Por esa gente que sigue fabricando recuerdos de mi historia. Ellos no se merecen que yo no les crea. Ni los que han pasado, ni los que vendrán.
Por todo ello, te deseo que te vaya bonito. Tranquilo que de mí no obtendrás jamás una crítica, ni un comentario, ni una opinión. Hace tiempo decidí dedicarle mi tiempo sólo a aquello que me aporta algo. Por eso te deseo que tengas suerte en la vida. Que entre engaño y engaño encuentres algo parecido a la felicidad. Y que nadie que se acerque a ti pueda de entrada oler tu alma.
Ah, y que la vida jamás te dé lo que te mereces.
Que jamás descubras el verdadero significado de la palabra soledad

jueves, 14 de enero de 2016

DE QUE DEPENDEN

 
De qué dependen.
De qué dependen tus sueños.
De qué dependen tus proyectos.
De qué dependen tus dudas y tus miedos.
De qué dependes tú.
De quién dependes.
A quién hay que preguntarle si estás bien.
De quién depende que sonrías.
De quién depende tu felicidad.
De quién depende que mañana vayas a tener un buen día.
Dime, en serio, de quién dependes.
En manos de quién te has puesto.
En manos de quién estás.
A cuenta de quién has hipotecado tu futuro.
O mejor aún, tu presente.
 Tu dignidad.
A quién has decidido regalarle tu estado de ánimo.
En quién has delegado el poder de cambiar tu humor.
O tu capacidad de cariño.
O tu esperanza. Tu basta ya.
De dónde te crees que salen los sueños.
Por dónde te crees que empiezan los cambios.
Y dónde te has pensado que las utopías empiezan a llamarse realidad.
Estas preguntas son las verdaderamente importantes.
Las únicas que deberías estarte haciendo.
Porque la única independencia posible es aquella que te libera por dentro.
Porque el único progreso consiste en que algún día, todo eso, tan sólo dependa de ti.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Amor, verdad, justicia y vida.

“Ni salud, ni dinero, ni amor. Bueno, amor sí. Pero igual no tal como nos lo han enseñado. Además, en el resto hemos errado mucho el tiro, hemos andado muy equivocados, y así nos ha ido, la verdad. A todos en general y a mí el primero. Porque tener las tres cosas a la vez jamás te ha garantizado nada. Porque perder cualquiera de las tres puede ser simplemente un problema coyuntural. Lo único que sí hay que procurar y procurarse para toda la vida son otros conceptos, que además no son tres, sino cuatro. Yo los llamo amor, verdad, justicia y vida.
Amor. Si aún hay que explicarte por qué es necesario, muy poco podemos hacer ya por ti. Amor en todas sus vertientes y variantes. Desde el simple cariño y afecto necesarios para funcionar por la vida hasta el amor más profundo e incondicional, al alcance sólo de madres y poco más. Desde el ecoñamiento -o empollamiento- más vergonzoso hasta el te quiero como un amigo de los que sólo me apetece abrazar. Mientras sea sincero, qué más da. Todo suma. Que conste que no sólo se trata de recibirlo sino, sobre todo, de repartirlo bien. Si encima tú eres el beneficiario, pues mejor que mejor. Cuanto más acumulas, más debes distribuir. Ojo que esto no es caridad. Es higiene moral. Porque si te lo quedas y no lo repartes, se te acaba pudriendo dentro. Como aquella planta a la que han encerrado sin luz. Se te acabará consumiendo, y por el camino encima te habrá quitado el oxígeno para respirar.
Verdad. Sabes que estás rodeado de verdad cuando escuchas cosas que no tenías previsto escuchar. Las opiniones que no te gustan. Las preguntas que te incomodan. Las respuestas que no has pensado tú. Los enemigos guardan siempre nuestro perfil más auténtico. Un antagonista honesto es un regalo al que hay que cuidar. Y es que lo imprevisible es siempre más cierto que lo que esperábamos que ocurriese. Porque planificar algo es adulterarlo con un tipo de mentira también conocida como control. Y eso no significa que no podamos hacer planes. Significa que sólo tienen algún sentido cuando alguien los rompe. El resto, es creernos nuestro propio engaño. Afortunadamente, la vida no nos espera que hagamos nuestros planes para ponerse a cumplir órdenes. Por eso es más verdad lo que viene de fuera, así como lo que nos provoca por dentro de manera espontánea. Todo lo demás tiene mentira, o mejor dicho, falta sinceramente a la verdad.
Justicia. Justicia de las que no se ganan por oposición. Justicia contemplada como todo aquello que no puede aplicar un juez porque ninguna ley se lo exige. Política de máximos existencial. Porque lo que es realmente de justicia es todo el bien que haces aun cuando nadie te obliga. Cuando nadie te ve. Y si me apuras, cuando nadie se tiene por qué enterar. Si lo tienes que gritar a los cuatro vientos, si esperas algún tipo de recompensa, si te quedas preguntando qué hay de lo mío, eso no es de justicia, entonces ya estás comerciando, y se llama servicio. Te pagan en especie pero te pagan y eso lo convierte todo en un acto transaccional.
Y por último, vida. Vida que incluye tener salud, por supuesto, pero que es mucho más amplia que respirar sin que nada te duela. Consiste en disfrutar y hacer disfrutar pese a todo, en contagiar a todo tu entorno de ganas de más. Consiste en transformar el camino por el que transitas, en dejar el mundo aunque sea sólo un poco más bello de lo que te lo encontraste. Vida que consiste en intentar no robarle la energía a nadie, sino en tratar de recargársela. Vida que consiste en ser más motor que remolque. Batería extra para la alegría de los demás. Es quizás la variable más fácil de comprobar. Si no mejoras el mundo, lo estás empeorando. Te pongas como te pongas. Ya está.
Estos son mis cuatro puntos cardinales. Mis ejes de ordenadas y abscisas vitales. Sin ellos no sabría dónde colocar mis decisiones. Y ya no digamos distinguir el bien del regular.”