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domingo, 19 de octubre de 2014

Cosas jodidas que suceden cuando empiezas a salir con alguien


domingo, 5 de octubre de 2014

Soy Sapiosexual


Encantado.
Soy sapiosexual y lo que me pone de ti es tu inteligencia.
Me pone saber que tu mente es inquieta. Que te pongan las letras, la música, la ciencia, el arte. Que a nada estimulante le digas que no. Me pone tanto que me estimules. Que todo te cause curiosidad y que desarmes y rearmes todo; mis pensamientos, los tuyos. Me pone que cuestiones al mundo, que no des nada por sentado, que vulneres el orden, sedicioso, subversivo. Me pone que empujes tus límites y que empujes los míos, que me dejes sin aliento, que me dejes deseando más.
Me pone cuando sabes cosas que yo no sé, y me las explicas, y me haces cómplice. Me pone que tus ideas me penetren, que tus palabras me violenten.  Que me transgredas y me atravieses entera, charlando. Me pone que sepas leerme. Que entiendas mi idioma. Que me pilles el humor, que me pilles la mirada. Que me retes y me invites a vivir en tu cabeza, y que me no me agotes mientras te busco, fulminante.  Me excita que sepas cómo encontrar mi epicentro.

Me pone que te pienses ignorante. Que creas que sabes poco y que te falta aún por saber.  Me pone que te conozcas tan bien que sepas entenderte, entenderme, y que siempre busques saber más. Que te comprometas con tus ideas y que no te de miedo cuestionarte o discutir: con los demás, contigo mismo. Me pone que te explores y que me explores a mí. Que sepas usar tu tiempo y que sepas cómo no perderlo. Me pone sentir que contigo me encuentro. Que contigo soy.
Me pone que no escuches a tus demonios, esos que te dicen que no eres lo suficientemente bueno. Me pone que te vuelvas temperamental, trabajólico, difícil, brillante. Porque sabes lo que quieres. Porque vas hacia lo que quieres. Porque vienes, si lo que quieres soy yo.
Fóllame el cerebro. El cuerpo luego seguirá.

El amor después del amor





Cuando tienes 40 palazos como yo ya te has enamorado un montón de veces. Por suerte. Por desgracia. Ya ni sé. Tu móvil es un cementerio de relaciones fallidas y te quedan pocas ganas de reconocer a tu corazón como algo más que el músculo ese que te bombea la sangre al cuerpo.  Porque te cansas de la violencia de querer. Es en ese momento que declaras categóricamente que el amor apesta y que en el pecho no tienes más que un carbón negro.  Cartelito de “Cerrado” en el pecho y ala. Ramadán del amor
Pero a quién vamos a engañar: el amor y la pérdida son las dos fuerzas que mueven al mundo, y tú, inevitablemente, te mueves junto a ellas. Has perdido tanto y tantas veces y te han hecho más daño del que puedas recordar, pero te despertarás un martes cualquiera de verano con unas ganas insoportables de revolcarte como una cerda en el amor. A tu corazón Frankenstein —ah, ese hijo de puta— le habrán nacido remiendos y puntadas invisibles. Tus arterias se habrán limpiado de ese cínico colesterol del que te encargaste de llenar tu cuerpo y dirás que qué carbón ni qué niño muerto, que a ti te gusta querer. De memoria histórica, nada.
Te olvidarás de todas las malas citas a las que has ido y te fundirás en deseo con un montón de gente en un acto de fe y valentía,  sintiéndote una discapacitada social pero confiando en que algún día no la cagarás tanto.  Encontrarás gente —la inofensiva— que busque desnudarte el cuerpo y gente —la peligrosa— que busque desnudarte el alma. Y te someterás a aquel expolio emocional. A la vulnerabilidad de sentirte usada. A las madrugadas de llegar a casa acompañada y amanecer sola. A romper tu coraza y llevar el corazón por fuera, con todos sus remiendos, con sus imperfecciones obvias. A revisar tu móvil seiscientas veces, a inventarte mil escenarios,  a analizar lo que no puede ser analizado y a las noches de insomnio, tan largas. A que te tengan de amante y a que te dejen con la última palabra en el whatsapp: ¿Cuando nos vemos?   
Y te enamorarás de nuevo, una y otra vez, sin acidez ni amargura, amnésica e imbécil perdida. Porque sí, sabes que el amor no es la única forma de felicidad, pero sabes también cómo mola —ay, tanto— saber que el mundo de alguien gira alrededor de tu culo. Por suerte. Por desgracia. Ya ni sé.