Entre las segundas, el
psicólogo norteamericano Paul Ekman analizó las seis emociones básicas o
biológicamente universales del ser humano: miedo, tristeza, ira, asco,
sorpresa y alegría. Son los seis estados de ánimo que nos identifican
como especie. Los seis ingredientes fundamentales en cualquier relación o
emoción más elaborada, como el amor o como el odio. Las seis razones
para la paz, las seis excusas para la guerra. Los seis grados de unión
entre cualquier raza, sexo o condición.
Sentir miedo. Nada ha sido
más útil que sentir miedo para llegar hasta aquí. El miedo nos ha
protegido, nos ha advertido, nos ha hecho huir del peligro y nos ha
permitido sobrevivir. Pero también nos ha hecho valientes, nos ha puesto
ante retos, nos ha forzado a mejorar, nos ha hecho construir
herramientas, cobertizos y atajos. Nos ha unido a los que sentían el
mismo miedo. Nos ha hecho vulnerables ante las adversidades, ante la
incertidumbre, ante el futuro y ante los que supieron jugar con él.
Porque mientras el peligro y el riesgo son criterios objetivos, el miedo
acaba siendo siempre una elección. La que toma nuestra amígdala mucho
antes de que podamos opinar.
Sentir tristeza. La
tristeza es el abandono de la intención. De vivir, de querer o de
quererse, de quedar o de quedarse, de proyectar o de seguir discutiendo.
Por eso duele más cuanto más se acerca, y le ocurre un poco como a la
oscuridad, cuanto más grande es, menos se ve. Lo más peligroso de la
tristeza no es que visite nuestras ganas. Lo más peligroso es que se
quede a vivir. Que se instale allí donde se deja de estar. Interpretarlo
todo en clave de fado, arrojarse a un pozo sin fondo que todo lo
consume porque ya en nada se cree.
Sentir ira. Rabia, furia e
indignación son de las pocas que consumen más energía de la que nos
proporcionan. Es un déficit emocional difícil de mantener en el tiempo,
ya que no admite ni préstamo ni endeudamiento. Por eso, indignarse es un
estado emocional transitorio. Un calentón. Y eso lo saben muy bien los
que lo tienen que saber. Al final, si aún no se nos ha pasado, ya se nos
pasará. Y por eso nos pasa todo lo que nos pasa.
Sentir repugnancia. El
asco es sólo el estreno de un hábito mal ignorado. A fuerza de
repetirse, la repugnancia deja de provocar y se volverá costumbre. Una
costumbre que algún día se convertirá en tradición. Y de ahí a
patrimonio cultural de la humanidad, hay un paso. Si te ocurrió con las
moscas sobre la boca del niño en Etiopía, por qué no te va a ocurrir
algún día con la corrupción, que al fin y al cabo ya te la sirven
nacionalizada y desparasitada.
Sentir sorpresa. De vez en
cuando, algo o alguien te pilla con el pie cambiado, te rompe el guión y
te obliga a improvisar. Espero que te haya pasado. Porque normalmente
ése será un momento clave en tu vida. Aquél que no supiste prever, ni
planificar. Simplemente, te ocurrió. Y tú te dejaste llevar, básicamente
porque no tuviste más remedio. Allí es donde residen los grandes
cambios. Y también las grandes oportunidades. Aunque no te guste, la
historia de tu vida está tejida con el grueso de unas cuantas sorpresas y
casualidades. Y tu desgracia, también.
Sentir alegría. La alegría
es la manecilla de los segundos en el reloj de los momentos felices.
Esos momentos que algún día recordarás pese a que tú nunca decidiste
recordarlos. Porque aún no has entendido que son ellos los que te
eligen, y no al revés.
Hoy es un día como otro
cualquiera para sentir, sentir, sentir, sentir, sentir y sentir. Porque
si algo bueno tiene todo lo malo es que nos obliga a ello. Porque si
algo malo tiene todo lo bueno es que algún día nos sentiremos
acostumbrados.
Pero también es un gran día para hacer sentir.
Porque comunicarse, amarse, e incluso vivir es hacer sentir.
Y morirse, con respiración o sin ella, es dejar de hacerlo.”

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