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sábado, 31 de mayo de 2014

EL SUSURRO

Se sentía cada vez peor. Estaba claro, no iba a salir de ésta. El terrible dolor que en las primeras horas parecía que acabaría con él estaba ahora en un segundo plano, casi olvidado, latente, pero oculto por la terrible infección que recorría todo su cuerpo, destrozando y consumiendo cada uno de sus órganos.

Era increíble. Aquel mordisco, un único bocado de aquel ser, fue suficiente para destrozar en un instante, aparte de su vida, lo que antes fue uno de sus brazos y que ahora, desposeído de gran parte de su carne, sólo era una terrible ventana al complejo mundo de la anatomía humana.

En un primer momento, ese maltrecho brazo dejaba ver de manera tan espectacular como grotesca parte de su arañado cúbito, con un color tan blanco como nunca hubiera imaginado, para  inmediatamente después, teñirse de un rojo vivo, color que dominaba allí donde mirara.

Pero eso fue al principio, cuando su vida parecía que todavía valía algo. Ahora esa misma herida presentaba un aspecto desalentador. Todo era negro. Un oscuro fluido lo cubría todo. Esa espesa y pegajosa sustancia hizo el trabajo que no pudieron hacer las compresas y trapos que taponaban la herida, pero a un alto precio. Ese nauseabundo fluido con olor a muerte era lo único que dejaba escapar su ya casi inerte cuerpo.

A partir de aquí, se convertían en mera ficción esas palabras de ánimo con final feliz que escuchaba como un susurro, de forma casi ininteligible pero constante, entremezcladas con los más cariñosos besos que nadie haya podido recibir jamás. Incluso él, en su ignorancia, era capaz de darse cuenta del fatal desenlace que le esperaba. Aun así esas palabras, pronunciadas por la voz más cálida del mundo, nunca cesaban, eran incansables y éstas, unidas a los infinitos besos y al fuerte abrazo que le mantenía casi inmóvil, le reconfortaban de manera casi mágica, de tal forma que incluso el peor de los males, el que le estaba destrozando por dentro, era incapaz de arrancarle esa sensación de paz que le inyectaban gota a gota.

Sus músculos le desobedecían, se convulsionaba. El sabor de la boca… no podía soportarlo… Vomitó de nuevo. Sus oídos estaban taponados, húmedos. Era casi imposible, pero aun así seguía escuchando esa voz. La paz aumentó, tanto que llegó a convertirse en una ausencia total. Ya no había nada, no sentía, no oía, no veía. Todo se apagó.

Sus ojos se abrieron de nuevo, pero todo había cambiado. Estaba ausente, no quedaba nada de él. Odio, ira, hambre y sobre todo una sensación de ansiedad incontrolable se agolpaban en la mente que ahora ocupaba lo que antes fue su cuerpo. Esos horribles sentimientos estaban ahí presentes, pero el que no estaba era él, no era consciente ya de lo que ocurría.

Esa voz… Una locura incontrolable le empujaba a callarla, tenía que callarla, necesitaba callarla, pero no solo era la voz, necesitaba apagar cualquier forma de vida que pudiera sentir, destrozar, desmembrar y devorar todo ser vivo que cayera a su alcance.

Podía sentir la sangre bombear junto a él, junto a la voz. Se volvió rápidamente. De su boca salió un gemido que le daba una fuerza brutal. Ya la tenía, el mordisco parecía inevitable... De repente, un estruendoso sonido le detuvo, solo momentáneamente, por unos segundos. Esa necesidad de matar volvió al instante. Otra vez ese sonido. Esta vez sí, esta vez acabó todo, ya no podía avanzar, ahora la paz era total.
                                                ……

Ana estaba exhausta, destrozada tanto física como moralmente. Quería morir, pero eso de momento no era una opción. Todavía no. Lo que había vivido en esos últimos días, lo que se había visto obligada a hacer… Sólo de pensarlo se le revolvía el estomago, pero ella sabía que eso no era nada comparado con lo que se le venía encima.

Encerrada en esa habitación intentó cortar la hemorragia de Nacho, volvió a sacar fuerzas una y otra vez. No desfallecía. Los aterradores gemidos de esos seres al otro lado de la puerta, unidos a los continuos golpes que terminarían por derribar la misma, carecían de importancia, ahora tenía una misión y eso era lo único que importaba.

Abrazó a Nacho con toda la fuerza que aun era capaz de extraer de su debilitado cuerpo. No podía abandonarle ahora, sabía ya que cualquier cosa que ella hiciera no cambiaría el fatal desenlace que le esperaba a su adorado Nacho. No podía ser, ¿realmente iba a perder a la única persona que amaba? Su compañero inseparable de estos últimos años, juntos, siempre juntos, en lo bueno y en lo malo.

Los dos estaban sentados en ese frío rincón de aquel extraño lugar. Él delante, ausente. Ella detrás, apoyada en la pared, desesperada. Era una bomba de relojería a punto de estallar. Aun así no había una parte de su cuerpo que no estuviera ocupada. Su brazo izquierdo taponaba la terrible herida de Nacho. El derecho rodeaba fuertemente la cintura de su compañero de fatigas, pero la mano sujetaba además una pistola, con las balas justas para poner fin a esta horrible pesadilla, pero todavía no. Esperaría al último momento. Sabía lo que tenía que hacer, pero era incapaz de pensarlo, tenía que hacerlo, pero… ¿podría?

Sus ojos llenos de lágrimas mostraban una mezcla entre desesperación y ternura. Su boca susurraba continuamente a su amado, sustituyendo cada punto, cada coma, por un cálido beso. Ella no sabía si él todavía era consciente, si la oía, pero eso no la detenía, eso daba igual, tenía que acompañarlo hasta el final. Sentada detrás de él, mientras le hablaba al oído, de refilón, podía ver su mirada inexpresiva, parecía tranquilo, había tirado la toalla.

Pasaron más de dos horas sin moverse. La hemorragia hacía bastante que había cesado. El cuerpo de Nacho estaba cogiendo un tinte azulado, las venas estaban hinchadas, azules, sobre un fondo cada vez más blanco. Esa asquerosa sustancia negra, la que indicaba el cambio, supuraba por los oídos. Se acercaba el terrible final.

Los gemidos y golpes al otro lado de la puerta habían cesado casi por completo. Algo los había atraído hacia otro lado, ésa era la única explicación posible. Esos seres eran lentos pero incansables, nunca se hubieran detenido, daba igual el tiempo que tuvieran que esperar, si detectaban una presa nunca abandonaban.

La peor de las señales hacía su aparición, “el último coletazo”, como solían llamarlo de manera generalizada. Los temblores, las convulsiones y los vómitos se entremezclaban salpicando ese asqueroso líquido negro en todas direcciones. Un último esfuerzo. Es todo lo que necesitaba para contener esos violentos ataques que parecían romperle en mil pedazos.

La calma que anunciaba la tempestad había llegado. Su corazón dejó de latir. Aun así ella le seguía hablando, tal vez solo para retrasar su cometido unos segundos más. Ahora era ella la que temblaba.

Minutos después, él se volvió. Sus ojos enloquecidos por el odio y ese aterrador gemido pusieron fin al estado de sopor que envolvía a Ana. Sería una escena que la atormentaría el resto de su vida, aunque si sus planes funcionaban, ese resto de vida se limitaría a unos pocos segundos más.

Consiguió mover su adormecida mano, apoyando el cañón de la pistola contra la barbilla de Nacho, cerró los ojos y apretó el gatillo. Los trozos de la mandíbula se esparcieron por todas partes, pero la bala no alcanzó su objetivo, el cerebro. Por un momento la mirada de Nacho perdió esa agresividad que caracterizaba a los no muertos. Dudó unos segundos y esta vez, con la única bala que quedaba en el arma, la que debía ser para ella, desparramó los sesos de su amado. Terminaba así con lo único bueno que le quedaba. Había acabado con su niño, con su pequeño, que con solo cinco años de edad había dejado este mundo de forma espantosa y ahora ella no podría reunirse con él.

Esta escena parecía terrible, e indudablemente lo era, pero lo peor era saber que escenas similares, con distintos protagonistas y distintos finales, se multiplicaban en millones de puntos de este planeta, extrayendo lo mejor y lo peor de cada ser humano, llevándolos hasta el límite, hasta la locura, día tras día.

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