Se
sentía cada vez peor. Estaba claro, no iba a salir de ésta. El terrible
dolor que en las primeras horas parecía que acabaría con él estaba ahora
en un segundo plano, casi olvidado, latente, pero oculto por la
terrible infección que recorría todo su cuerpo, destrozando y
consumiendo cada uno de sus órganos.
Era increíble. Aquel
mordisco, un único bocado de aquel ser, fue suficiente para destrozar en
un instante, aparte de su vida, lo que antes fue uno de sus brazos y
que ahora, desposeído de gran parte de su carne, sólo era una terrible
ventana al complejo mundo de la anatomía humana.
En un primer
momento, ese maltrecho brazo dejaba ver de manera tan espectacular como
grotesca parte de su arañado cúbito, con un color tan blanco como nunca
hubiera imaginado, para inmediatamente después, teñirse de un rojo
vivo, color que dominaba allí donde mirara.
Pero eso fue al
principio, cuando su vida parecía que todavía valía algo. Ahora esa
misma herida presentaba un aspecto desalentador. Todo era negro. Un
oscuro fluido lo cubría todo. Esa espesa y pegajosa sustancia hizo el
trabajo que no pudieron hacer las compresas y trapos que taponaban la
herida, pero a un alto precio. Ese nauseabundo fluido con olor a muerte
era lo único que dejaba escapar su ya casi inerte cuerpo.
A
partir de aquí, se convertían en mera ficción esas palabras de ánimo con
final feliz que escuchaba como un susurro, de forma casi ininteligible
pero constante, entremezcladas con los más cariñosos besos que nadie
haya podido recibir jamás. Incluso él, en su ignorancia, era capaz de
darse cuenta del fatal desenlace que le esperaba. Aun así esas palabras,
pronunciadas por la voz más cálida del mundo, nunca cesaban, eran
incansables y éstas, unidas a los infinitos besos y al fuerte abrazo que
le mantenía casi inmóvil, le reconfortaban de manera casi mágica, de
tal forma que incluso el peor de los males, el que le estaba destrozando
por dentro, era incapaz de arrancarle esa sensación de paz que le
inyectaban gota a gota.
Sus músculos le desobedecían, se
convulsionaba. El sabor de la boca… no podía soportarlo… Vomitó de
nuevo. Sus oídos estaban taponados, húmedos. Era casi imposible, pero
aun así seguía escuchando esa voz. La paz aumentó, tanto que llegó a
convertirse en una ausencia total. Ya no había nada, no sentía, no oía,
no veía. Todo se apagó.
Sus ojos se abrieron de nuevo, pero todo
había cambiado. Estaba ausente, no quedaba nada de él. Odio, ira, hambre
y sobre todo una sensación de ansiedad incontrolable se agolpaban en la
mente que ahora ocupaba lo que antes fue su cuerpo. Esos horribles
sentimientos estaban ahí presentes, pero el que no estaba era él, no era
consciente ya de lo que ocurría.
Esa voz… Una locura
incontrolable le empujaba a callarla, tenía que callarla, necesitaba
callarla, pero no solo era la voz, necesitaba apagar cualquier forma de
vida que pudiera sentir, destrozar, desmembrar y devorar todo ser vivo
que cayera a su alcance.
Podía sentir la sangre bombear junto a
él, junto a la voz. Se volvió rápidamente. De su boca salió un gemido
que le daba una fuerza brutal. Ya la tenía, el mordisco parecía
inevitable... De repente, un estruendoso sonido le detuvo, solo
momentáneamente, por unos segundos. Esa necesidad de matar volvió al
instante. Otra vez ese sonido. Esta vez sí, esta vez acabó todo, ya no
podía avanzar, ahora la paz era total.
……
Ana
estaba exhausta, destrozada tanto física como moralmente. Quería morir,
pero eso de momento no era una opción. Todavía no. Lo que había vivido
en esos últimos días, lo que se había visto obligada a hacer… Sólo de
pensarlo se le revolvía el estomago, pero ella sabía que eso no era nada
comparado con lo que se le venía encima.
Encerrada en esa
habitación intentó cortar la hemorragia de Nacho, volvió a sacar fuerzas
una y otra vez. No desfallecía. Los aterradores gemidos de esos seres
al otro lado de la puerta, unidos a los continuos golpes que terminarían
por derribar la misma, carecían de importancia, ahora tenía una misión y
eso era lo único que importaba.
Abrazó a Nacho con toda la
fuerza que aun era capaz de extraer de su debilitado cuerpo. No podía
abandonarle ahora, sabía ya que cualquier cosa que ella hiciera no
cambiaría el fatal desenlace que le esperaba a su adorado Nacho. No
podía ser, ¿realmente iba a perder a la única persona que amaba? Su
compañero inseparable de estos últimos años, juntos, siempre juntos, en
lo bueno y en lo malo.
Los dos estaban sentados en ese frío
rincón de aquel extraño lugar. Él delante, ausente. Ella detrás, apoyada
en la pared, desesperada. Era una bomba de relojería a punto de
estallar. Aun así no había una parte de su cuerpo que no estuviera
ocupada. Su brazo izquierdo taponaba la terrible herida de Nacho. El
derecho rodeaba fuertemente la cintura de su compañero de fatigas, pero
la mano sujetaba además una pistola, con las balas justas para poner fin
a esta horrible pesadilla, pero todavía no. Esperaría al último
momento. Sabía lo que tenía que hacer, pero era incapaz de pensarlo,
tenía que hacerlo, pero… ¿podría?
Sus ojos llenos de lágrimas
mostraban una mezcla entre desesperación y ternura. Su boca susurraba
continuamente a su amado, sustituyendo cada punto, cada coma, por un
cálido beso. Ella no sabía si él todavía era consciente, si la oía, pero
eso no la detenía, eso daba igual, tenía que acompañarlo hasta el
final. Sentada detrás de él, mientras le hablaba al oído, de refilón,
podía ver su mirada inexpresiva, parecía tranquilo, había tirado la
toalla.
Pasaron más de dos horas sin moverse. La hemorragia hacía
bastante que había cesado. El cuerpo de Nacho estaba cogiendo un tinte
azulado, las venas estaban hinchadas, azules, sobre un fondo cada vez
más blanco. Esa asquerosa sustancia negra, la que indicaba el cambio,
supuraba por los oídos. Se acercaba el terrible final.
Los
gemidos y golpes al otro lado de la puerta habían cesado casi por
completo. Algo los había atraído hacia otro lado, ésa era la única
explicación posible. Esos seres eran lentos pero incansables, nunca se
hubieran detenido, daba igual el tiempo que tuvieran que esperar, si
detectaban una presa nunca abandonaban.
La peor de las señales
hacía su aparición, “el último coletazo”, como solían llamarlo de manera
generalizada. Los temblores, las convulsiones y los vómitos se
entremezclaban salpicando ese asqueroso líquido negro en todas
direcciones. Un último esfuerzo. Es todo lo que necesitaba para contener
esos violentos ataques que parecían romperle en mil pedazos.
La
calma que anunciaba la tempestad había llegado. Su corazón dejó de
latir. Aun así ella le seguía hablando, tal vez solo para retrasar su
cometido unos segundos más. Ahora era ella la que temblaba.
Minutos
después, él se volvió. Sus ojos enloquecidos por el odio y ese
aterrador gemido pusieron fin al estado de sopor que envolvía a Ana.
Sería una escena que la atormentaría el resto de su vida, aunque si sus
planes funcionaban, ese resto de vida se limitaría a unos pocos segundos
más.
Consiguió mover su adormecida mano, apoyando el cañón de la
pistola contra la barbilla de Nacho, cerró los ojos y apretó el
gatillo. Los trozos de la mandíbula se esparcieron por todas partes,
pero la bala no alcanzó su objetivo, el cerebro. Por un momento la
mirada de Nacho perdió esa agresividad que caracterizaba a los no
muertos. Dudó unos segundos y esta vez, con la única bala que quedaba en
el arma, la que debía ser para ella, desparramó los sesos de su amado.
Terminaba así con lo único bueno que le quedaba. Había acabado con su
niño, con su pequeño, que con solo cinco años de edad había dejado este
mundo de forma espantosa y ahora ella no podría reunirse con él.
Esta
escena parecía terrible, e indudablemente lo era, pero lo peor era
saber que escenas similares, con distintos protagonistas y distintos
finales, se multiplicaban en millones de puntos de este planeta,
extrayendo lo mejor y lo peor de cada ser humano, llevándolos hasta el
límite, hasta la locura, día tras día.

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