Soy el hombre más humilde del mundo. No hay nadie sobre la faz de la
Tierra más humilde que yo. Mira si soy humilde que si yo no existiera,
no habría ni siquiera que inventarme. No fuera a ser.
Me
despierto cada mañana pidiendo perdón de antemano. Por la que pueda
liar. Soy consciente de la molestia que provoca mi mera presencia en
este mundo y pido disculpas al señor pájaro, al señor árbol y al señor
Lobo, y usted qué coño hace en mi cama.
A menudo tengo dudas
sobre si debo respirar el aire para no quitárselo al hueco que deja, o
mejor me espero a que le sobre a alguien y me lo quiera ceder. A veces
hasta me doy golpecitos en la espalda sólo para recordarme que yo
también estoy.
Nada, a que no cuela.
Pues algo así me está pasando con este país.
Últimamente
-y por últimamente entiéndase cualquier período incluido en los últimos
7 años- nos hemos convertido en exportadores mundiales de lo que el
gran Nacho Vigalondo define como triunfracasos: tú paseas tu obra y
milagros por los certámenes de medio mundo, el planeta entero te lo
reconoce y se rinde a tus pies, y sin embargo tú sigues sin ver un duro
en tu cuenta corriente, es más, eres objetivamente cada vez más pobre.
Un triunfracaso en toda rule.
Lo hemos conseguido con la
gastronomía y con el fútbol. Lo hemos intentado un año más con playa,
cruceros, siesta y sangría, y parece que millones de turistas han vuelto
a picar.
Sin embargo, recientemente -y por recientemente
entiéndase cualquier período incluido en los últimos 6 meses- algo ha
empezado a cambiar y también parece que lo haya hecho para siempre.
Nuestro lastre macroeconómico ha obrado como el nivel del agua del
pantano, que cuando baja lo suficiente acaba dejando al descubierto las
ruinas del pueblo fantasma al que sepultó. Y si hay algo desagradable de
oler son las bragas de un fantasma. Créeme. Bueno, me lo han contao.
De
este modo, empezamos a descubrir que la venda de los ojos en ciertos
sectores se llama cheque, que rima con jeque. Y los mejores han empezado
a migrar. Bueno, de hecho lo llevan haciendo hace bastante tiempo. Pero
lo cierto es que cada vez son más. Ha ocurrido en la investigación. Y
en las empresas. Y entre los universitarios. Y en los deportes. Y por
supuesto en el fútbol, que si en este país fuera un deporte más, lo
habría incluido en mi anterior oración.
Y sin cheque ni jeque, ya
se nos puede hinchar la boca, que ya no cuela. No hay mucho más donde
rascar. Que se lo pregunten a Artur Mas. Con lo bonito que habría sido
verle en medio del Congreso aplaudiendo en catalán. Plaix plaix plaix.
Y
luego está lo del Mundial. Porque hemos ido hasta Brasil para
enseñarles a esos principiantes cómo juega un Campeón del Mundo y el
lunes jugaremos nuestro último partido en Curitiba con todo el rabo
entre las piernas. Y nosotros venga a criticar justo al primero que dio
la cara para asumir su responsabilidad. Justo al que se negó a echarle
la culpa a otro. Y mira que todos sabíamos que cuando el Barça se
constipa, es la Selección la que estornuda -y cuando digo todos es
porque incluso yo lo sabía, y eso que soy el que menos sabe de fútbol de
este país (¿no te he dicho que soy muy humilde?)-.
Aunque lo
peor no es eso. Lo peor es que aquí haremos autocrítica por aspersión.
Dispararemos a todo lo que se mueva en 360 grados, mataremos a varios
mensajeros que pasaban por ahí y rasgaremos un par de vestiduras del
ZARA, no vaya a ser que a alguien se le ocurra cambiar algo y haya que
retocar la Constitución. Calla, que me he liao.
Suerte que aún
nos queda gente como Rafa Nadal, gente como Marc Márquez, gente como la
de nuestra Selección caída, sí, gente que definitivamente es de otro
planeta, pero por alguna razón ha decidido nacer aquí y seguir siendo de
aquí. Pese a cómo somos de cainitas. Pese a cuánto nos va el talar. Y
el podar. Y el castrar.
Gracias a todos ellos, ya sabemos que es posible, humano y hasta perdonable, algún día, perder.
Pero jamás perderse.

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