Vistas de página en total

martes, 17 de junio de 2014

Autobiografía para enemigos

Autobiografía para enemigos
Nació a la tierna edad de diez años en el seno de una familia acomodada, a la cual
incomodó desde el primer momento al comprobar que al niño le gustaba retozar en esa
parte del cuerpo más tiempo del necesario para alimentarse. Antes de los doce dominaba
perfectamente la lengua de sus padres, llegando a hacer preciosos nudos marineros con
ellas, y con sólo dieciséis inventó el primer idioma universal que todo el mundo
comprendería sin ningún esfuerzo ni estudio previo, y que consistía en describir con
palabras los dibujitos de los aeropuertos. Con esa capacidad innata para ver lo que otros no
ven, antes de los dieciocho llegó a la universidad, y pese a que jamás se acordaría del
camino de vuelta, allí conoció a la que sería su compañera, amiga, confidente y amante
durante el resto de su vida si no fuese porque ella se los tiraba a todos, menos a él. La gente
que más le conocía asegura que ésos fueron, seguramente, los mejores años de su vida. Y
luego afirman no tener ni ¡dea de si también lo fueron para él. Pero de cualquier modo,
todos y cada uno de los que lo tuvieron cerca coinciden en destacar el mismo atributo. Se le
veía más grande de cerca que de lejos. Acabó la universidad con notas nada modestas, entre
las que ya destacaron «tonto el que lo lea» y «vuelvo en cinco minutos», y enseguida
dedicó sus esfuerzos a encontrar trabajo. En eso, la verdad que fue el mejor. Encontró no
uno, sino varios trabajos. Decenas de ellos. Cientos, miles. Allá donde iba veía trabajos de
todo tipo. Este episodio de su vida es especialmente significativo porque así resulta más
comprensible que, tras varias jornadas enteras encontrando trabajo, lo último que le
apeteciera fuese ponerse a trabajar, de manera que acabó interesándose por trabajos que no
necesitaban ningún esfuerzo o preparación, como consultor, analista, dictador, polemista,
tertuliano o presidente del gobierno. Tras el ejercicio coherente y consistente de cualquiera
de esas profesiones, sólo se puede acabar en un sitio. En la cárcel. Allí haría algunos de sus
mejores amigos, todos de muy diversas procedencias, que irían desde la madera y el barro,
hasta la plas-tilina de colores y las mollejitas de pan. Cuando sale de la cárcel intenta
empezar su vida de nuevo, pero el seno de su familia ya no es lo suficientemente grande y
tendría que dormir encogiendo los dedillos de los pies, así que decide emprender sus ya
celebérrimos viajes. Abatido, solo, desahuciado y triste, deambula por el mundo en busca
de nuevas ideas, y es en esta época cuando más pro-lífica se vuelve su obra, inventando y
patentando, entre otros, la llamada perdida, el desodorante con aroma de piel y el pan de
molde triangular ya cortado para fiestas infantiles, con sólo el 50% de calorías. Al final de
sus días, escribe un libro que vende más que los de muchos fariseos tristes, aquellos que
creen que sólo escribe quien realmente pasa hambre, penurias e injusto anonimato. Como
podrás comprender, después de todo, muere de risa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario