
“Yo no me hago mayor. Es el mundo el que
se empeña en hacerse cada vez más joven. En disimular sus arrugas. En
comportarse como un chaval. Y a mí la verdad es que me da cada vez más
pereza seguirle la corriente. Es como ese amigo que lejos de reconocer
su edad, se gasta cada vez más dinero en engañarse a sí mismo. Un día te
hace gracia. Dos, puede que hasta te sigas riendo. Y a partir del
tercero ya no le encuentras el chiste por ninguna parte. Y empiezas a
ponerle excusas. Y acabas por no cogerle el teléfono. A ver si quedamos
un día, eso sí.
Yo no me hago mayor. Es la vida la que se
hace vieja. La que se repite con cosas que ya te pasaron. Una vieja que
parece que perdió la memoria. Pero sólo lo parece. Porque eres tú quien
debería recordar. Que a cada vuelta de tuerca, la vida se enrosca. Que
cada paso que das ya no es un paso, sino un escalón más en esta empinada
escalera de caracol. Que aunque parezca que vuelves al mismo sitio,
siempre te encuentras a una altura diferente de la anterior. Si
estuviste arriba, volverás para verlo todo desde alguna planta inferior.
Y viceversa. La vida se repite y es a ti al único que le huele el
aliento. La vida se repite y a nadie más le suena lo que ya se vivió.
Yo no me hago mayor. Es mi cuerpo que ya
no está en garantía. Y como cada vez les quedan menos recambios
originales, mi piel es este libro abierto donde queda tatuada para
siempre la fecha de cada reparación. Y el dolor es ese huésped que una
vez entra, lo hace siempre para quedarse, tan sólo cambia de habitación.
Yo sigo queriendo como cuando siempre podía. Así que échale la culpa a
mi cuerpo, cariño, que este cuerpo hace tiempo que no soy yo.
Yo no me hago mayor. Es el corazón el que
se me ha quedado pequeño. Entre la gente que estuvo, la que jamás se ha
ido, la que espero que siempre se quede y la que algún día tiene que
entrar, a mí no me da la vida, a mí no deberían haberme dado un corazón,
sino dos. Hace años que siento desde el camarote de los hermanos Marx
emocional. Y sin embargo, siempre pienso que es injusto que los nuevos
se encuentren con lo que hay. Una víscera ajada, reutilizada y en
ocasiones hasta maltratada que aún así reacciona y se emociona como una
fiel mascota cuando llegas a casa después de trabajar.
Yo no me hago mayor. Porque en realidad
me siento cada vez más pequeño. Más idiota. Menos sabio. Y sin embargo,
los hay que incluso empiezan a llamarme de usted. Me pregunto si cuando
ya no sabes nada es cuando ya mereces que te llamen vuecencia, usía o de
vos. No sé.
Yo no me hago mayor. Tengo siempre la
edad del tio que acaricio. Y algunos como bien sabes, a partir
de los treinta dejan de contar.
Hoy he decidido que yo no me hago mayor.
Que la edad jamás debería ser un número cardinal, sino ordinal. El que
cuenta tu posición en la vida de alguien. El que convierte tu postura
ante el mundo en un lugar. El que te recuerda que si no eres algo para
otro, en realidad no estás.
No, yo no me hago mayor. Y sin embargo,
empiezo a sonar como un viejo. Me leo cansado. Cuando en realidad por
dentro me está ocurriendo todo lo contrario. Cuanto más me atizan, mejor
recibo. Cuanto menos duermo, mejor me levanto. Cuanto menos bebo, antes
me emborracho. Cuanto menos practico, mejor se me da. Cuanto más
escribo, menos me importa que alguien me lea. Y sin embargo, sé que si
intento convencerte de que estoy mejor que nunca, pensarás que estoy
fatal. Así que me callo y sonrío.
Por fin sonrío.
De tanto llorar.”
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